Ante el lamentable espectáculo de censura acaecido en Sevilla en el homenaje al escritor Agustín de Foxá (1) nos planteamos en un primer momento la posibilidad de realizar un comunicado público en solidaridad y rebeldía, uno más, de los muchos que se han escrito en contra de esos nuevos “bárbaros”, ignorantes e iletrados que nos des-gobiernan. Bárbaros infames, censores de editoriales también, que bien a gusto habrían aplaudido el asesinato de García Lorca o de Miguel Hernández, metafóricamente hablando, de haber sido éstos escritores de la “otra” España. Tales personajes, por definirlos de algún modo, han demostrado que no les preocupa -en absoluto-, ni la cultura, ni las letras, ni la poesía, sino única y exclusivamente el color de la camisa que vestía el autor en tiempos pasados. Aún así, hemos de reconocerles que con su actuación han devuelto a la vida a un escritor, de la talla de Foxá, que nunca debió de morir. Aunque “volver” a la vida por tal acontecimiento pone en evidencia el vacío y la mediocridad cultural que sufrimos en España. Estos individuos nombrados son exactamente iguales que esos “otros” necios que aún hoy siguen calificando de “rojo” a Alberti o de “maricón” a Lorca y lo hacen, para más colmo, como característica definitoria para sus obras. Son iguales ambos… igual de obtusos y enanos mentales todos. Pero nosotros, españoles herederos de ambas corrientes poéticas y culturales, proclamamos como nuestros a todos los poetas y escritores de esa generación caínica por encima de siglas y filiaciones. De Ridruejo a Celaya, de Gerardo Diego a Juan Ramón Jiménez, de León Felipe a José María Pemán, de Antonio Machado a Manuel Machado… más todo ese largo elenco de plumas y espíritus brillantes y revoltosos. Porque ambas Españas, emulando al pequeño de los Machado, nos han helado el corazón.

¿Podríamos añadir algo más a todo lo escrito ante semejante atropello sufrido? Difícilmente. Reflexiones de relevantes plumas y precisos alegatos en importantes medios nos preceden y empequeñecen. Pero algún tipo de respuesta debemos de llevar a cabo. ¿No? La mayor ocurrencia, por llamarla de algún modo, que hemos pensado ha sido sacar del olvido, de libros marchitos, estantes olvidados y memorias borradas, varios de sus poemas (2) animando con ello a que el público pase de la simple rebeldía al conocimiento profundo de este autor, además de contribuir así a la difusión de algunas de las obra de Foxá, dado que una búsqueda rápida en Internet pone de manifiesto la falta de las mismas inundando toda la red.
Este es, por tanto, el mayor homenaje que podemos hacerle a un poeta: secuestrarlo del Parnaso unas horas, narrar sus versos de nuevo, y reírnos y conmovernos juntos. Porque por mucho que algunos intenten impedirlo, Agustín de Foxá está más vivo que nunca. ¿No lo ven? ¿No lo oyen? Pasen, pasen y lean, les está esperando…
MELANCOLÍA DE DESAPARECER
Y pensar que después que yo me muera
aún surgirán mañanas luminosas,
que bajo un cielo azul, la primavera,
indiferente a mi mansión postrera,
encarnará en la seda de las rosas.
Y pensar que, desnuda, azul, lasciva,
sobre mis huesos danzará la vida,
y que habrá nuevos cielos de escarlata,
bañados por la luz del sol poniente
y noches llenas de esa luz de plata,
que inundaban mi vieja serenata,
cuando aún cantaba Dios, bajo mi frente.
Y pensar que no puedo en mi egoísmo
llevarme al sol ni al cielo en mi mortaja;
que he de marchar, yo sólo hacia el abismo,
y que la luna brillará lo mismo
y ya no la veré desde mi caja.
***
POEMA DEL TEDIO DEL MUNDO ACTUAL
Pronto no habrá ni una ciudad Sagrada.
Ni un oasis imprevisto,
con uvas y sandías
para la sed; ni una sola isla
con espumas y sangre,
ce focas y gaviotas
para un náufrago…
Ni un príncipe de luto
afilará su daga entre los velos,
el vientre y el ombligo adolescente
de alguna favorita; no habrá nada
sino máquina y número.
Número y máquina.
Número, eternamente… repetido…
Se lotearán los bosques.
Se venderán las islas.
¿Quién asfaltará Asia…?
¿Quién pondrá un puesto
de gasolina entre las campanillas
azules y sonoras
de la Pagoda del tejado verde
y puntas levantadas…?
Se ha muerto
la fantasía y el mundo… y nada.
Se ha decretado el tedio.
El hombre-infierno sin infierno o cielo,
humo en pobre chaqueta.
Naciendo y almorzando.
Reproduciéndose
entre panales de cemento…
Muriendo sin saber.
Nicho y cuna
y en medio
unas horas de cine o de teléfono.
Escuadras de ataúdes
hacia la nada…
Ni un Dios, desnudo, arriba
Incendiando los sueños.
Ni un Rey. ¿Dónde el Profeta
apoyado en el hígado
de la ballena allí profetizando
iluminando al agua…?
aeródromos, y tenis, y aeródromos
endureciendo
la bella superficie de la tierra.
Como esa carne de las cicatrices
que no toma color, y es fría y rígida
carne.
***
BIZANCIO
I
Eres puro mosaico de Rabean, tu nimbo,
inmenso; ídolo y César o Papa -¡oh, los cocheros!
de Bizancio que pronto vencerán a los verdes…
Autócrata que adoras al duro Pantocrátor…
bajo la luz vivísima del blanco Paracelso.
Tú sacarás los ojos a tu rival en Prínkipo,
y un día, entre las rosas, desnudarás el pecho
lleno de penitencia de aquella pecadora
que a Egipto huyó buscando los diablos más fornidos.
Eres la vieja Roma; eres las Doce Tablas
y los Diez Mandamientos; y en tu volcán terrible
el Capitolio Augusto se une al Sinaí hebreo.
Tendrá diadema la hija del domador de osos,
perlas en su cabeza podrida de herejías,
en el inmenso Hipódromo aplaudirás los verdes
y en el Santo Concilio será monofisita.
II
Tú llenarás de estatuas a la Segunda Roma,
pondrás bajo el Apolo la corona de espinas,
y en el Olimpo antiguo presentarás a Cristo,
no con su cruz humilde, sino con cetro de oro.
Será largo tu Imperio de senectud con rosas;
las palomas del Bósforo ocultarán tus llagas.
Gangrenará Bizancio, tapada con ungüentos.
Sonarán flautas mientras se arruinan las murallas.
Te rondarán los bárbaros, los búlgaros de Tarnovo,
los rusos de Moscovia, los persas enjoyados,
y tú con tu armadura heredad de Roma
oprimirás tus pechos, tímidos, de doncella.
III
¡Oh, la ilusión perenne de los nevados bosques!
Tu añil Bósforo, el juego, las rosas y banquetes.
Tus aguas dulces de Asia y las frescas de Europa.
¡Oh, barcas de patricios con el dosel de púrpura
hacia húmedos jardines; comidas en la hierba!
Entre eunucos, doncellas desnudas y filósofos.
Mil años fue Bizancio como madura fruta
que, jugosa de almíbar, se caía del árbol;
haciendo hervir las aguas bajo su fuego griego,
aturdida de herejes, cocheros y danzantes.
Mas fue hermosa su muerte, decadente y tranquila.
Tribus turcas traían una sangre encendida,
con un Dios del Desierto, sencillo y primitivo
frente a su complicada teología finísima.
Cortaron los alfanjes las pálidas gargantas
de los medios versos y de los silogismos.
Cayeron las murallas desdentadas y antiguas.
La sangre, afeminada, manchaba las babuchas.
Venía el soplo seco y ardiente de la arena
a los jardines puros, con mármoles desnudos;
harapientos camellos pisaron por las calles
de los finos caballos de Herclios y Basilios.
Y subió en Santa Sofía la sangre a las columnas.
Se mancharon las cinchas y el estribo de plata.
Geométricos miraban su injuria, en los mosaicos,
los rígidos Apóstoles con ojos de esmeralda.
Con yeso y con sentencias cerámicas taparon
la gracia de las Vírgenes de los iconostasios,
con las serpientes de oro de la caligrafía
y cantaron las joyas al pie de Santa Irene.
IV
¡Oh, Justiniano! Es humo tu Imperio complicado.
Tan pérfido y sensible, tan oriental y griego.
Tu pétalo de rosa, flotando sobre el Bósforo.
Tus soldados que hablaban de Platón y San Pablo.
Cayeron con grandeza los hombres de espíritu.
Nobles intelectuales de túnicas purísimas.
El corazón marchito, cansado de pecados,
más teológicas luces en su intelecto griego.
Roma cayó humillada, sin fuerza ante Alarico;
pidió treguas, dio el oro y ponderó su historia.
Tu ciudad fue inmolada en plena controversia.
No oyeron los caballos, ni el grito, tus teólogos,
Y discutiendo el número de alas de los arcángeles
les sorprendió el alfanje que clausuró el Concilio.
***
ROMANCE DE GULLIVER
En el mar de Liliput
pequeños barcos de guerra
y Gulliver se remanga
sus pantalones de seda
un levitín colorado
y peluca dieciochesca.
Con alfileres de espaldas
y cañones que no queman
levanta un barco en el aire
tenues pañuelos las velas
a su estornudo. Marinos
por el sombrero le trepan.
Montes como sus tacones.
Las campanitas de iglesia
recoge en ramos minúsculos.
Devora sopas inmensas
con tropezones de gallos
que flotan y cacarean.
Suben por rampa a su plato
largos rebaños de ovejas,
los cines de Liliput
dan gelatina a su mesa.
En sus huellas dactilares
las tres hijas de la reina
jugaron al laberinto
y se perdió la pequeña.
Para los viejos astrónomos
descuelga vivas estrellas.
***
HAY ALGO (Horas grises)
Hay algo
peor que las culebras y la lepra.
Son los días tediosos
o las conversaciones
con huesudas mujeres enlutadas
de tíos, primos y demás parientes;
las fiebres que no importan
de agonizantes entre sábanas
casi desconocidos;
las sentencias
de los banqueros místicos;
el sucio patriotismo de los gordos con leontina;
la moral ceniza
de las solteras con el sexo helado;
las bodas por hectáreas;
los cines expurgados;
las novelas
de institutrices y rosales.
Hay algo
pero que las culebras y la lepra.
La Ley Hipotecaria;
los nichos numerados;
el amor que termina con la cuenta
de la cocina;
hay días
de afeitarse ante espejos donde llueve;
hay patios de carbón, noches de álgebra
y verduras cocidas, que producen
lentos sueños de Hombres sin cabezas.
***
PERDEMOS NUESTRO TIEMPO
Perdemos nuestro tiempo
como si no existiera la tumba en el final.
Como si fuéramos inmortales,
nos olvidamos de la luna y el mar.
Y nos metemos en nuestro cuarto
a decir la cosa banal,
como si no existiera la Desnarigada
o no se secara el rosal.
Se nos pasan los años hermosos
temblando al pecado mortal;
sabiendo que besaremos la tierra,
dejamos bocas sin besar.
Se nos pudrirán nuestras manos
y dejaremos marchitar
los blanquísimos senos amados
que debimos acariciar.
Si al que está muerto le dieran una hora
con luna, con viento, con noche estival;
si la carne enterrada pudiera
para el Amor, resucitar.
¡Cómo degustaría un minuto,
con qué amor volvería a mirar;
qué inmenso sería el roce de un ala,
qué asombroso sentirse vivir y marchar!
Pero si prolongáramos su tiempo,
acaso se volvería a engolfar
en el tedio de las oficinas
y en la monotonía familiar.
Y estaría en el reloj crucificado
perdiendo su corazón por la ciudad
olvidado de la noche de mayo
o sumando bajo la estrella polar.
Olvidamos que vamos en un planeta.
¿Cuándo ese barquero sabrá
que es el viajero de una estrella
llamada Tierra, de la inmensidad?
¿Saben los pálidos funcionarios
entre sus máquinas de calcular
que están en el mundo de Meteoros,
de Iris y Polo, Misterio y Volcán?
¡Que un Dios, inmenso se nos aparece
en el milagro primaveral
cuando resucitan las momias de insectos
y la madera se pone a brotar!
¡Ay, cuántas horas de diálogo estúpido,
cuántas alcobas sin ventilar!
Sucios amores, estériles años,
¡como si no nos muriéramos jamás!
Vivamos como si fuese nuestra última noche
que la muerte nos haga gozar
de esa leve plumilla de pájaro
o el perfume de la rosa Carnal.
Y esperemos en las playas futuras,
con un equipaje de Eternidad.
con muchas primaveras plegadas,
como un atlas para navegar.
A que nos diga el Divino Barquero,
en el momento de embarcar:
Pasa, porque amaste a la tierra
como un corazón vegetal.
***
GRECIA
Yo debí nacer en Grecia, yo debí llamarme Egisto;
entre andamios ver alzarse blanco y nuevo al Partenón.
Ciudadano de una Atenas anterior a Jesucristo;
asistir en el crepúsculo al banquete de Platón.
Yo debí escuchar, en Delfos, las proféticas palabras
junto a un templo entre naranjas y el racimo azul del Sur;
enlazar rosas ardientes en los cuernos de mis cabras
y llevar al toro blanco al cuchillo del augur.
Oír de noche a las cigarras empapadas de rocío,
alumbrarme con aceite, beber vino en el estío
en la colpa moldeada sobre un seno de Friné
El amor de una muchacha en mi vejez clara y fuerte
y, jovial Anacreonte, imaginar a la Muerte
como a un niño que apagar una antorcha con el pie.
________________________________
Y pensar que después que yo me muera
aún surgirán mañanas luminosas,
que bajo un cielo azul, la primavera,
indiferente a mi mansión postrera,
encarnará en la seda de las rosas.
Y pensar que, desnuda, azul, lasciva,
sobre mis huesos danzará la vida,
y que habrá nuevos cielos de escarlata,
bañados por la luz del sol poniente
y noches llenas de esa luz de plata,
que inundaban mi vieja serenata,
cuando aún cantaba Dios, bajo mi frente.
Y pensar que no puedo en mi egoísmo
llevarme al sol ni al cielo en mi mortaja;
que he de marchar, yo sólo hacia el abismo,
y que la luna brillará lo mismo
y ya no la veré desde mi caja.
***
POEMA DEL TEDIO DEL MUNDO ACTUAL
Pronto no habrá ni una ciudad Sagrada.
Ni un oasis imprevisto,
con uvas y sandías
para la sed; ni una sola isla
con espumas y sangre,
ce focas y gaviotas
para un náufrago…
Ni un príncipe de luto
afilará su daga entre los velos,
el vientre y el ombligo adolescente
de alguna favorita; no habrá nada
sino máquina y número.
Número y máquina.
Número, eternamente… repetido…
Se lotearán los bosques.
Se venderán las islas.
¿Quién asfaltará Asia…?
¿Quién pondrá un puesto
de gasolina entre las campanillas
azules y sonoras
de la Pagoda del tejado verde
y puntas levantadas…?
Se ha muerto
la fantasía y el mundo… y nada.
Se ha decretado el tedio.
El hombre-infierno sin infierno o cielo,
humo en pobre chaqueta.
Naciendo y almorzando.
Reproduciéndose
entre panales de cemento…
Muriendo sin saber.
Nicho y cuna
y en medio
unas horas de cine o de teléfono.
Escuadras de ataúdes
hacia la nada…
Ni un Dios, desnudo, arriba
Incendiando los sueños.
Ni un Rey. ¿Dónde el Profeta
apoyado en el hígado
de la ballena allí profetizando
iluminando al agua…?
aeródromos, y tenis, y aeródromos
endureciendo
la bella superficie de la tierra.
Como esa carne de las cicatrices
que no toma color, y es fría y rígida
carne.
***
BIZANCIO
I
Eres puro mosaico de Rabean, tu nimbo,
inmenso; ídolo y César o Papa -¡oh, los cocheros!
de Bizancio que pronto vencerán a los verdes…
Autócrata que adoras al duro Pantocrátor…
bajo la luz vivísima del blanco Paracelso.
Tú sacarás los ojos a tu rival en Prínkipo,
y un día, entre las rosas, desnudarás el pecho
lleno de penitencia de aquella pecadora
que a Egipto huyó buscando los diablos más fornidos.
Eres la vieja Roma; eres las Doce Tablas
y los Diez Mandamientos; y en tu volcán terrible
el Capitolio Augusto se une al Sinaí hebreo.
Tendrá diadema la hija del domador de osos,
perlas en su cabeza podrida de herejías,
en el inmenso Hipódromo aplaudirás los verdes
y en el Santo Concilio será monofisita.
II
Tú llenarás de estatuas a la Segunda Roma,
pondrás bajo el Apolo la corona de espinas,
y en el Olimpo antiguo presentarás a Cristo,
no con su cruz humilde, sino con cetro de oro.
Será largo tu Imperio de senectud con rosas;
las palomas del Bósforo ocultarán tus llagas.
Gangrenará Bizancio, tapada con ungüentos.
Sonarán flautas mientras se arruinan las murallas.
Te rondarán los bárbaros, los búlgaros de Tarnovo,
los rusos de Moscovia, los persas enjoyados,
y tú con tu armadura heredad de Roma
oprimirás tus pechos, tímidos, de doncella.
III
¡Oh, la ilusión perenne de los nevados bosques!
Tu añil Bósforo, el juego, las rosas y banquetes.
Tus aguas dulces de Asia y las frescas de Europa.
¡Oh, barcas de patricios con el dosel de púrpura
hacia húmedos jardines; comidas en la hierba!
Entre eunucos, doncellas desnudas y filósofos.
Mil años fue Bizancio como madura fruta
que, jugosa de almíbar, se caía del árbol;
haciendo hervir las aguas bajo su fuego griego,
aturdida de herejes, cocheros y danzantes.
Mas fue hermosa su muerte, decadente y tranquila.
Tribus turcas traían una sangre encendida,
con un Dios del Desierto, sencillo y primitivo
frente a su complicada teología finísima.
Cortaron los alfanjes las pálidas gargantas
de los medios versos y de los silogismos.
Cayeron las murallas desdentadas y antiguas.
La sangre, afeminada, manchaba las babuchas.
Venía el soplo seco y ardiente de la arena
a los jardines puros, con mármoles desnudos;
harapientos camellos pisaron por las calles
de los finos caballos de Herclios y Basilios.
Y subió en Santa Sofía la sangre a las columnas.
Se mancharon las cinchas y el estribo de plata.
Geométricos miraban su injuria, en los mosaicos,
los rígidos Apóstoles con ojos de esmeralda.
Con yeso y con sentencias cerámicas taparon
la gracia de las Vírgenes de los iconostasios,
con las serpientes de oro de la caligrafía
y cantaron las joyas al pie de Santa Irene.
IV
¡Oh, Justiniano! Es humo tu Imperio complicado.
Tan pérfido y sensible, tan oriental y griego.
Tu pétalo de rosa, flotando sobre el Bósforo.
Tus soldados que hablaban de Platón y San Pablo.
Cayeron con grandeza los hombres de espíritu.
Nobles intelectuales de túnicas purísimas.
El corazón marchito, cansado de pecados,
más teológicas luces en su intelecto griego.
Roma cayó humillada, sin fuerza ante Alarico;
pidió treguas, dio el oro y ponderó su historia.
Tu ciudad fue inmolada en plena controversia.
No oyeron los caballos, ni el grito, tus teólogos,
Y discutiendo el número de alas de los arcángeles
les sorprendió el alfanje que clausuró el Concilio.
***
ROMANCE DE GULLIVER
En el mar de Liliput
pequeños barcos de guerra
y Gulliver se remanga
sus pantalones de seda
un levitín colorado
y peluca dieciochesca.
Con alfileres de espaldas
y cañones que no queman
levanta un barco en el aire
tenues pañuelos las velas
a su estornudo. Marinos
por el sombrero le trepan.
Montes como sus tacones.
Las campanitas de iglesia
recoge en ramos minúsculos.
Devora sopas inmensas
con tropezones de gallos
que flotan y cacarean.
Suben por rampa a su plato
largos rebaños de ovejas,
los cines de Liliput
dan gelatina a su mesa.
En sus huellas dactilares
las tres hijas de la reina
jugaron al laberinto
y se perdió la pequeña.
Para los viejos astrónomos
descuelga vivas estrellas.
***
HAY ALGO (Horas grises)
Hay algo
peor que las culebras y la lepra.
Son los días tediosos
o las conversaciones
con huesudas mujeres enlutadas
de tíos, primos y demás parientes;
las fiebres que no importan
de agonizantes entre sábanas
casi desconocidos;
las sentencias
de los banqueros místicos;
el sucio patriotismo de los gordos con leontina;
la moral ceniza
de las solteras con el sexo helado;
las bodas por hectáreas;
los cines expurgados;
las novelas
de institutrices y rosales.
Hay algo
pero que las culebras y la lepra.
La Ley Hipotecaria;
los nichos numerados;
el amor que termina con la cuenta
de la cocina;
hay días
de afeitarse ante espejos donde llueve;
hay patios de carbón, noches de álgebra
y verduras cocidas, que producen
lentos sueños de Hombres sin cabezas.
***
PERDEMOS NUESTRO TIEMPO
Perdemos nuestro tiempo
como si no existiera la tumba en el final.
Como si fuéramos inmortales,
nos olvidamos de la luna y el mar.
Y nos metemos en nuestro cuarto
a decir la cosa banal,
como si no existiera la Desnarigada
o no se secara el rosal.
Se nos pasan los años hermosos
temblando al pecado mortal;
sabiendo que besaremos la tierra,
dejamos bocas sin besar.
Se nos pudrirán nuestras manos
y dejaremos marchitar
los blanquísimos senos amados
que debimos acariciar.
Si al que está muerto le dieran una hora
con luna, con viento, con noche estival;
si la carne enterrada pudiera
para el Amor, resucitar.
¡Cómo degustaría un minuto,
con qué amor volvería a mirar;
qué inmenso sería el roce de un ala,
qué asombroso sentirse vivir y marchar!
Pero si prolongáramos su tiempo,
acaso se volvería a engolfar
en el tedio de las oficinas
y en la monotonía familiar.
Y estaría en el reloj crucificado
perdiendo su corazón por la ciudad
olvidado de la noche de mayo
o sumando bajo la estrella polar.
Olvidamos que vamos en un planeta.
¿Cuándo ese barquero sabrá
que es el viajero de una estrella
llamada Tierra, de la inmensidad?
¿Saben los pálidos funcionarios
entre sus máquinas de calcular
que están en el mundo de Meteoros,
de Iris y Polo, Misterio y Volcán?
¡Que un Dios, inmenso se nos aparece
en el milagro primaveral
cuando resucitan las momias de insectos
y la madera se pone a brotar!
¡Ay, cuántas horas de diálogo estúpido,
cuántas alcobas sin ventilar!
Sucios amores, estériles años,
¡como si no nos muriéramos jamás!
Vivamos como si fuese nuestra última noche
que la muerte nos haga gozar
de esa leve plumilla de pájaro
o el perfume de la rosa Carnal.
Y esperemos en las playas futuras,
con un equipaje de Eternidad.
con muchas primaveras plegadas,
como un atlas para navegar.
A que nos diga el Divino Barquero,
en el momento de embarcar:
Pasa, porque amaste a la tierra
como un corazón vegetal.
***
GRECIA
Yo debí nacer en Grecia, yo debí llamarme Egisto;
entre andamios ver alzarse blanco y nuevo al Partenón.
Ciudadano de una Atenas anterior a Jesucristo;
asistir en el crepúsculo al banquete de Platón.
Yo debí escuchar, en Delfos, las proféticas palabras
junto a un templo entre naranjas y el racimo azul del Sur;
enlazar rosas ardientes en los cuernos de mis cabras
y llevar al toro blanco al cuchillo del augur.
Oír de noche a las cigarras empapadas de rocío,
alumbrarme con aceite, beber vino en el estío
en la colpa moldeada sobre un seno de Friné
El amor de una muchacha en mi vejez clara y fuerte
y, jovial Anacreonte, imaginar a la Muerte
como a un niño que apagar una antorcha con el pie.
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(1). Toda la información al respecto puede leerse en el blog de una de las entidades organizadoras: http://acfernandotercero.blogspost.com/
(2). Poemas extraidos de "poesía: antología 1926/1955" de Agustín de Foxá, prólogo de Luis Alberto de Cuenca.
(2). Poemas extraidos de "poesía: antología 1926/1955" de Agustín de Foxá, prólogo de Luis Alberto de Cuenca.